Naranjas en otoño

Seis y treinta, otoño con mirada de verano. Se puede ver el mar y el cielo mitad celeste, mitad rosado y un sol naranja. Ni inverno, ni verano, ni frio ni calor; el bus baja y ya no se puede ver el mar, tampoco la ciudad. El tiempo es cíclico, todo regresa, todo se repite. ¿A dónde llegas a los 32 años? ¿De dónde vienes? ¿A dónde ibas? Parece una broma. A los 17 años nada era importante; a los 24, divertirse era importante; a los 28, el trabajo era importante. Hoy nuevamente, los días se parecen a las líneas de la carretera, pequeñas, iguales, sin fin. Apenas dos horas de camino y todavía en Lima. Quisiera llegar, ver a mi familia, a mis amigas; se alegran tanto cuando me ven, ni yo me alegro tanto conmigo misma. ¿Cómo se puede querer, cómo se puede pertenecer? ¿te debes quedar en alguna parte, cambiar las cosas, huir?. Bajo de bus a buscar algo saludable para comer, media hora después retomo el viaje y recuerdo que traje unas naranjas. No deje nada de comer en Lima, estaré fuera varios días, semanas tal vez. Podría pasarme la vida viajando y no sería suficiente, no es el camino, ni el equipaje, ni siquiera  el destino. Nunca estaría lejos, nunca llegaría, porque no sé de qué estoy huyendo.     

 

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